25 oct. 2012

YA SÓLO HAY TIERRA

Para él, seguir mirando el mundo es un suicidio contemplativo.
Nota como la enfermedad le devora por dentro y le infecta hasta el último rincón de su cuerpo. No hay órgano o tejido que no rebose podredumbre. Se siente sucio al respirar.
El humo de la ciudad choca contra su piel y se cuela a capricho por cada poro dejando al final del día un rostro cansado de un color más bien gris. Si bosteza... la muerte entra borbotones quemando su garganta y acelerando lo que él ya sabe. Incluso si respira pausadamente, controlando las pulsaciones, siente esos mil martillos a través de la nariz bajándole al estómago y viajando sin ticket por su sangre, pesada, pantanosa, para destruirle un poquito más.

De poco sirve que grites, que llores, que te escondas. La misma brisa te va a despeinar al doblar cada esquina.
De poco sirve también que releas, eso no te hará más sabio. Emplea el escaso tiempo en cosas nuevas. Tal vez con algo de suerte acabes con una cicatriz con historia.

Las nubes se elevan por encima de los árboles calvos aunque a él poco le importa porque sobre su cabeza ya sólo hay tierra.

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