4 oct. 2010

EL APLAUSO LÍQUIDO



Y cuando se dispuso a aplaudir, las manos, que ya llevaban un rato derritiéndosele, no hicieron sonido alguno al chocar sino que se fundieron en una descordinada infinidad de chorros aceitosos. Los huecos de los dedos actuaron de filtro a la hora de escupir gotas y más gotas escurridizas, caprichosas, lentas, que salpicaron esmoquin y butaca como si fueran un lienzo de enfados.
Hubo toda una orgía de líquidos y densidades mientras las cabezas se iban volviendo hacia él horrorizadas ante esa metamorfosis plástica que desestructuró cada uno de sus tejidos hasta hacer un homenaje al azar con su materia.
Para cuando intentó gritar la mandíbula inferior ya se le había desprendido con un trozo de garganta sobre el que goteaban como hilillos de agua a medio evaporar las cuerdas vocales que acabaron como un pequeño charco en la moqueta sin ninguna forma en particular.

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