27 jun. 2012

EL AZAR Y LAS BRIZNAS

   

"Qué buen día para ir a dar una vuelta por ahí", es su frase favorita, la que no para de repetir sentado tras la ventana. A todo el mundo que le visita le da la vara con eso de perder el tiempo o valorar lo que se tiene ahí afuera mientras él, tras la ventana, sigue masticando pan duro en soledad e inventándose refranes sobre la vida. Y al día siguiente ahí le tienes sentado en la penumbra frente al cristal incluso antes de que salga el sol, desdibujado por el alba como el paisaje de una postal roída.
Mientras el resto enjuga la boca en café, él ya lleva rato ausente, mirándole al cielo cara a cara con los codos encajados en sus marcas de la repisa. Al alcance de la mano pero tan lejano.
Un día la ventana se le abre y cuando termina de atarse los zapatos para salir, su esófago se vuelve cuerda con tan mala pata que justo se le anuda a la altura del estómago. Siente miedo pero aún así sale. Mira a ambos lados antes de cruzar y repara en que la calle sigue siendo la misma. Hay multitud de caras nuevas pero otras muchas le resultan familiares, son, como él, gente corriente que construye muros para mantener alejados los fantasmas de lo desconocido. Pero él ahora es más sabio. Esa ventana le ha hecho fuerte y ya no teme aquello que deja de resultarle sencillo. Ahora es lo suficientemente sabio como para intentar que sus sueños cobren vida. Y con este pensamiento comienza a caminar hasta el final de la calle, pero allí una fuerza invisible le detiene y le hace temblar. Sus ojos coinciden con los de otros transeúntes que también caminan por aquellas calles desde que salieron de entre las tripas de sus madres. Y suda y comienza a tiritar y contempla su reflejo en un escaparate y no le gusta el aspecto que tiene ahora que el viento le ha despeinado y corre a refugiarse en la habitación de un hostal que tiene camas simples, baños compartidos y los cajones de los armarios vacíos.

 Una vez allí se sienta tras la ventana y el corazón recobra su calma. El esófago vuelve a ser víscera y ya no tiene vértigo porque el viento no le despeina. Se pasa ahí sentado la tarde pensando qué caprichoso azar hace que ciertas briznas de hierba sobrevivan a la cuchilla del jardinero que siega el jardín de en frente. Y así se va quedando dormido.
En el sueño se le aparece un hada, como las de Dysney pero sin las piernas tan bonitas y él la mira con una cara tristona.

- ¿Qué te pasa? 
- Que soy un cobarde. Un marica, le responde él. Tanto tiempo deseando marchar y ahora que puedo no me atrevo. 
- No te preocupes, es normal, todos son como tú. Sin un arma nadie es valiente y utilizan la boca para hablar muy alto, pero luego llegado el momento... 
- Pero todo este tiempo creí haber aprendido
- Hay que fallar para aprender, no limitarse a esperar.


De repente se despierta sobre los codos frente a la ventana. La ventana es fiel y no se mueve. Permanece quieta para que pueda mirar a través de ella siempre que quiera. El sol no ha salido y el cuello le duele. Esta mañana no sabe a donde mirar. No hay rastro del hada y el viento, a estas horas, aún no ha empezado a soplar.

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