6 sept. 2010

HISTORIETA 2

Todo esto lo se de buena tinta.

Siempre aparecía por la playa a la misma hora, casi siempre solo y, salvo los días de sol en verano que ya todo estaba cogido, aparcaba entre los pinos del fondo para que las tablas que se quedaban en el coche no se calentasen demasiado.

Siempre planchaba las mismas maniobras y se caía intentando otras. Siempre permanecía al margen, callado, porque su surf hablaba por él. Pocos se giraban para verle y siempre le saltaban los mismos.

El día antes del campeonato la voz se corrió rapidísimo cuando nos enteramos que le había tocado en tercera manga contra el gran Pepe Peterson, quien por la noche y seguro de su victoria se emborrachaba y se follaba a una lugareña mientras él permanecía tumbado en su cama sin poder pegar ojo y con la mirada fija en un poster de Pepe de 45x65.

Ocurrió sin embargo que la lugareña le dió lo suyo al campeón y le debió de joder la cadera (o eso o que el vino era más fuerte que el que tenían por allá), el caso es que el campeón perdió y, aunque su superioridad en condiciones normales sea incuestionable, irrebatible y aplastante, ese día se llevó la gloria el don nadie local que de repente fue catapultado a mito. Poco duró en el campeonato pues a la siguiente ronda le tocó otro australiano buenísimo que había decidido no beber esa noche y que le pulverizó a base de esos aéreos que él nunca conseguía planchar. Da igual, había ganado a Pepe Peterson.

La cosa es que, acabado el campeonato, a la mañana siguiente, él volvía a la hora de siempre a aparcar bajo los pinos de siempre, pero la gente murmuraba y los surfers se volvían para verle surfear. "Qué imbéciles", pensaba, "ayer mismo esos capullos me saltaban olas".

En fin, ese día no planchó nuevos aéreos pero aprendió que entre "ayer" y "hoy" hay toda una eternidad.

1 comentario:

juanin collado dijo...

muy buena tio me mola muchoo!

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