28 dic. 2014

MIED0

¿Es el miedo el eje de rotación en la vida de un hombre? ¿Acaso no es en base a él cómo medimos el grado de madurez, éxito o fracaso?
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Si te paras a pensar, nos pasamos la vida yendo de un miedo hacia otro. Es más, las diferentes etapas de ésta corresponden a la superación de un miedo que da lugar al siguiente escalón en el que nos espera uno nuevo.
Empieza uno, de niño, con miedo a la oscuridad, de ahí pasamos [en el cole] al miedo al rechazo del grupo, al miedo a ponerte nervioso y quedarte en blanco y fallar en el examen. Luego viene el miedo a hablar en público, miedo a que las chicas te digan que "No". Miedo a defraudar, a que tus ideas no sean aceptadas a que tus canciones / diseños / pinturas / novelas  no estén a la altura de lo esperado [o a la altura de tus creaciones pasadas] o incluso miedo a las olas grandes o a que la presión te venza en competición, es decir, el príncipe de los miedos: el miedo al fracaso, motivo por el cual hay tantos tinteros llenos de ideas....
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Ir venciendo esos miedos te va convirtiendo, poquito a poco, en un hombre, en un triunfador: en un valiente.
Ya ni recuerdas cuando temías apagar la luz por las noches porque entre tu miedo actual [al que te enfrentas ahora] y ese miedo primario has tenido que ir luchando con muchos otros, y esa distancia es, supuestamente, el reflejo de tu madurez / hombría / valentía.
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Todos queremos ser valientes. No ser cobardes.
Ser valiente implica victoria, coger el toro por los cuernos.
No existe, sin embargo, un parámetro universal ya que para lo que uno es motivo de mofa para otro puede resultar aterrador, de modo que cada uno va construyendo su propia escalera de miedos / retos que en un futuro espera convertir en sala de trofeos con las cabezas de esos miedos exhibidas en las paredes: he cogido una ola mayor / he levantado la mano en el turno de preguntas / he dicho lo que realmente pensaba en la reunión.
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Sin embargo, hay un miedo superior que se sitúa por encima del resto. Un miedo que no sólo determina al individuo sino a toda una sociedad. Un miedo que tal vez no convenga que resulte derrotado.
Si antes hablábamos del fracaso como el príncipe de los miedos, es porque hay un Rey todopoderoso: el miedo a ser considerado un paria.
Gracias a este miedo, la mayoría de nosotros nos dejamos regir por criterios / convenciones materialistas que se consideran lo correcto / lo bueno.
Gracias a este miedo llegamos incluso a aceptar un trabajo que detestamos, es decir, llegamos a aceptar el pasarnos casi 3/4 partes de nuestra vida detestando. Heavy. Llegamos a aceptar hipotecas que nos sobrevivirán, pelear por artículos que ni necesitamos ni incluso puede que nos gusten, pero sí al resto, lo cual nos asigna un estatus y, en consecuencia, una aceptación social muy reconfortante.
El miedo a no ser un paria nos convierte en ciudadano pero nos anula como individuo porque nos dejamos llevar por él ciegamente y de tal modo que éste aniquila la poca valentía que nos había ido quedando por el camino: ¿37 y sin mujer / hijos / Audi / despacho con vistas / secretaria / máquina Nespresso / Home cinema? ¿Qué has hecho con tu vida?. [Emm...¿Tal vez vivirla a mi manera y no a la de otro?]
Pero ese miedo no conviene que sea derribado porque puede desmantelar toda una estructura social, de ahí que no te tachen de cobarde si sucumbes ante él sino que te llaman paria [te insultan] si lo haces.
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Yo he ido venciendo algunos y continúo siendo vapuleado por otros.
No tengo 37 pero me preocupa ser un paria. Me dan miedo las olas grandes. Me da miedo hablar en público, defraudar con mis trabajos o que las chicas me digan que No, aunque a todo se acostumbra uno.
Yo no quiero ser un cobarde. Quiero ser muy muy valiente y aprender de los valientes, aunque espero que esto no se me suba demasiado a la cabeza, como quien se obsesiona con el bronceado, y me pase de frenada y de valentía obrando como el más valiente de todos: hablando de aquel a quien ni siquiera conozco.

2 comentarios:

jillaura dijo...

"Der Schrei" :)

Sara Berdayes dijo...

Yo me beneficio de tu miedo porque anula tu capacidad de respuesta y cuanto más temes, más aceptas todo lo que yo te diga.
Siempre estoy hablándote de ser valiente, de protestar, de no conformarte. Pero, en realidad, es pura demagogia porque me froto las manos cada vez que te veo temblar. Lo mismo que con la patraña de la libertad y la felicidad. Mucho lirirli y poco lerele. Son cosas que mejor de lejos, ¿no?. Luego, de cerquita, asustan.
No estás hecho para ser león porque no llegarías muy lejos por tí mismo. Lo sabes. Necesitas héroes, ídolos a los que seguir, sean verdaderos o falsos. Tú, solo, te perderías.
Un león construye su propia verdad. No depende. No está a expensas de nada ni nadie, pero a menudo se siente solo.
Una oveja no se complica la vida. Pastar y pastar y ver la vida pasar. Yo te proporciono hierba pero establezco los límites que tú aceptas porque prefieres no complicarte ni mirar más allá del cercado, aunque luego quede bien decir eso de salirse del grupo, de romper con todo, de ser único y diferente y bla bla bla... Te cansas y a volver a pastar, que estás más guapo pastando.
El miedo no lo he inventado yo eh, que conste. A mí que me registren. Ésto ya viene de lejos.
Creo que fue cosa de los primeros cotizadores en bolsa: los mesías, pues sin miedo no hay Dios.
¿Te crees que Dios es la figura central del cristianismo, por ejemplo? Y una mierda, es Satán. Piénsalo.
Si no existiese el diablo no habría miedo a pecar ni al infierno y, en consecuencia, a una eternidad de castigo, con lo cual la vida sería la vida, simplemente, en su estado pleno de disfrute y no un entremés del paraiso (puede que sí o puede que no) donde el sufrimiento se verá recompensado (puede que sí o puede que no).
Parece aburdo condicionar toda una existencia por una simple sospecha. En realidad no tiene nada de simple pues es el mejor negocio que se me viene a la cabeza: un cliente fiel con cuotas durante toda su vida y que además, durante el transcurso de ésta, vaya preparando a sus querubines como futuros consumidores del mismo producto. Fidelización de marca.
Yo campo a mis anchas. Somos pocos lobos vigilándoos, ovejas. Tiene que ser así. De éste modo tocamos a más lana para nuestros jerseys.
Yo tengo que infundirte miedo para que tú creas que tienes algo que perder y así aceptes todo lo que yo te imponga.
Yo me cago en la puta cuando, muy de vez en cuando, surge una oveja negra que se acerca más de lo debido al cercado para ver que pasa allá. Menos mal que sucede de pascuas en ramos y enseguida las distraigo con aparatejos electrónicos, sorteos, cremas y potingues, programas, feisbucs y coches y trajes que suplantan personalidades.
¡Ay!, ¿qué sería de mí sin tu miedo?. Calla, calla. Me da miedo solo de pensarlo.

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