16 jul. 2011

LA HISTORIA MÁS GRANDE JAMÁS CONTADA

Al decirme "que aproveche" quise responderle tan rápido que me atraganté y morí.
Se que estaba muerto y no soñando porque mis sueños son películas mudas y en este caso había un diálogo bien claro y a buen volumen en el que mi vecina se quejaba porque el traje de neopreno goteaba sobre la ropa que tenía en su tendal.
Por no soportarla me transforme en hoja de eucalipto, de esas que son como una media luna mentolada y me dejé llevar por el aire hasta París, pero no ese París "ma chérie" atestao de parejas cambia-babas con ojos vidriosos y manos entrelazadas, sino que fui a posarme en una callejuela donde encapuchados pintan graffitis a los camiones cuando el semáforo se pone en rojo.
Huele a meaos de gato y el glamour se intuye a lo lejos difuminado entre las luces de las farolas. Aún falta para que se haga de día y ese puto charco de ahí no quiere darme conversación.
¡Cuántos llantos de hombre habrán sido necesarios para que sea el mar un gran charco salado, siendo como es regado constantemente por infinitas venas de saliva dulce!
Joder, soy de efecto retardado. Siempre se me ocurren las mejores ideas cuando ya se me ha pasado la oportunidad, en vez de hoja de árbol, debería haberme transformado en hoja de cuchillo jamonero para cortar pequeñas tiras de la piel del cuello de mi vecina y hacerselas comer, aderezadas con un poquito de sal, eso sí, antes de rebañarle el pescuezo.
Subidos a un puente sobre el Danubio, que es el río más romántico y con más historia de Europa, un suicida le dice a otro "no sabes lo que estar condenado al placer con un muerto en el corazón", y el otro le dijo al uno "más daño hace la mirada del hombre al que se pide dinero". Y zambulléronse de la mano borrachos y tristes y yo, que por entonces era nenúfar por allí flotando, salí catapultado como un meteoro harto ya de la quietud del agua y justo fui a parar a los pies de una chica que andaba en bici. Lo primero que me llamó la atención es que su rueda trasera no tenía radios: iba suspendida en el aire no sé cómo pero aún así se mantenía y circulaba, tanto es así que estuvo a punto de atropellarme (pues bajaba descontrolada por una pendioente del 117% de desnivel) de no haber sido por la agilidad que me habia conferido mi nueva condición de rata. ¿Qué pasó?, pues pasó que me enamoré porque lo segundo que me llamó la atención fue la indiferencia con que me miró su cara de nieve, y como las chicas no se enamoran de las ratas, comprendí instantáneamente al primer suicida y grité de rabia: ya nunca más volveré a ser inocente porque he sufrido el precipicio del amor. Grité tanto que mi boca comenzó a abrirse más y más y más y más hasta llegar a un ángulo recto de 180º exactamente (como véis en esta última fase los porcentajes y los valores numéricos cobran una especial importancia) y cuando hubo mi boca estado paralela a la línea horizonte, que también es plano para casi todos porque poco o nada cuesta ser uno más, brotó de mi garganta un brazo con flores y ramas que se alzó violentamente despojándose de su disfraz de primavera y fue entonces una garra horrenda empapada en sangre y trocitos de carne. Se estiró y se contrajo dejando ver unas uñas llenas de tierra que ensució la blanca blusa de la joven Blanca, de la que a su vez brotaron, días después, muchas más garras y ratas. Pobrecilla, que mala suerte ha tenido al cruzarse con alguien de quien nada bueno puede salir.

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