20 jul. 2011

EL BARÓN ROJO



Pues además de un grupo de melenudos con principios de alopecia (que obviamente a él deben su nombre), el barón rojo fue en piloto alemán medio chiflao que armó una buena durante la primera guerra mundial.
Alcen sus brazos, hermanos, y acompáñenme. Esta es su historia.



Nada, típico, hijo de militar que como su padre se alista y todo ese rollo amor-patrio. Primero en caballería, con muchos éxitos y demás y luego en infantería, donde pasa desapercibido porque se "aburre en las trincheras viendo pasar los días". Así que un día levanta la vista y se le ocurre apuntarse al cuerpo de aviación.
Al principio se mostraba incluso torpe con los aviones pero un superior se olió la vena camicace de nuestro coleguilla Manfred Albrecht von Richthofen y decidió incorporarle a sus filas.
El caso es que el tío, según sus compañeros, se transformaba cuando se subía a un avión, donde dejaba de ser el tímido y correcto chaval que era en tierra. Muchas veces, cuando derribaba el avión de un rival, pasaba sobrevolándolo bajo para rematarlo ya que "si no mataba a ese piloto, puede que mañana sea el quien me mate a mí".



Empezó a guardar trofeos de sus victorias: trozos de aviones vencidos... y por cada avión que derribaba mandaba hacer un pequeño trofeo de plata. Yo creo que debió de tener que ir al Ikea unas 20 veces a por armarios ya que se bajó nada mas y nada menos que a 80 aviones el solo (hoy os parecerá una crifra de broma pero por aquel entonces los escuadrones eran de unos quince aparatos solamente), una cifra record que nadie fue capaz de igualar.
Gracias a ello su fama crecía hasta el punto que los enemigos pasaron de respetarle a temerle, por eso había hecho pintar su avión de rojo sangre, para que le vieran llegar de lejos antes de apretar el ojete.
El caso es que un día le metieron un tiro en la cabeza y ni aún con esas. El barón, pese a las recomendaciones médicas, continuó volando con una aparatosa venda en la cabeza. La peña pensaba que era un puto demonio inmortal.
Pero no, a él también le llegó la hora como a todos, Como a tí y como a mí, cuando un soldado australiano no tuvo mejor cosa que ahcer que dispararle un pepinazo desde tierra que atraveso su fuselaje, hígado y pulmón.
Manda cojones, la muerte le vino de tierra.

2 comentarios:

L.A dijo...

jajajaaj buenisimo!!! manda cojones la muerte le vino de tierra! eres un crack

Víctor. dijo...

Muchos nos transformamos cuando estamos en un medio que no es el natural. Véase, el mar.

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