22 jun. 2011

SED DE VIDA

Hablaba del suicidio con tal énfasis y pasión que su voz nos arrastraba como el torrente de un río.
Reconozco que la idea de controlar tu propio final es fascinante. Ya que no eres dueño de la vida, por lo menos selo de la muerte. Pero su obsesión por el tema empezó a causarme cierto malestar.
Sí que era un orador rotundo. Su voz era firme y no titubeaba y sus frases gozaban de cierta musicalidad que a veces te hacían olvidar su contenido mientras seguías embobado en envoltorio del mensaje.
La cosa tornó seria cuando los primeros del grupo se atrevieron a dar el paso. Fue entonces cuando él tomó conciencia de su poder y explotó ante todo el mundo como una vorágine de fuego y lluvia. Como un líder irrebatible que le restaba importancia a la muerte, siempre y cuando fuese la de los demás, claro.
Ganó adeptos y sus palabras eran escuchadas ya no solo por oídos tristes.
Aumentaron las cartas de despedida, las madres sin hijos y las manchas de sangre al fondo del acantilado mientras los crematorios hacían su agosto y su garganta seguía escupiendo al viento apologías de autodestrucción sin rastro de afonía.
Fue entonces cuando lo maté. Tuve que matarlo porque llegaba a casa con sus palabras retumbando en mi cabeza y no me dejaban dormir. Me pasaba las noches dándole vueltas en busca de una decisión definitiva y clara que se hizo de rogar y llegó por fin cuando subestimé la importancia de mi propia vida. Mi vida es lo único que tengo, por eso cuando dejé de tener ganas de ella, cogí tembloroso una soga gruesa y áspera con sed de vida, como la de los otros. Pero en este caso fue la vida de un tercero la que se bebió. Fue su cuello el que estranguló.

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