8 jun. 2011

GABARDINA DE CENIZA


Si tuviera que personificar una idea desechada la vestiría con una gabardina gris medio muerto de un par de tallas más grande y haría que caminase cabizbaja por las aceras bajo la fachada de un tipo flaco y con barba de dos días, y a cuya cara, la cara más inexpresiva e incolora que jamás te haya mirado, probablemente la coronasen un par de ojeras solemnes.
Sería pues un transeúnte sin rumbo, pasto del asfalto. Barro por moldear, reducido a una sombra taciturna y difusa entre un mar de metropolitano ajetreo. Se detendría, eso sí, de vez en cuando, ante algún escaparate dentro del cual (un local cálido y confortable) gentes de su edad charlasen animadamente entre licor y cigarros. Tales serían sus ganas de formar parte del mundo de las ideas llevadas a cabo, que nuestro pobre amigo se encontraría de repente con las manos patéticas y húmedas tratando de apretar el cristal y su insípida cara a él pegada.
Pero no has nacido con estrella muchacho, de modo que vuelve tu mirada a su sitio y comienza a caminar despacio contando colillas y hojas de árbol caídas.
Escribo esto por nada en concreto, simplemente en homenaje a todos los vagabundos que se hospedan bajo mi pelo. O quizás por lástima de mí, que no se hacia donde camino y antes de salir a la calle abro el armario y en él veo un abrigo color ceniza.

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