6 nov. 2014

EL ESCALAD0R

Lo mejor que te puede ocurrir es no nacer. Después de eso, morir cuanto antes.
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Bajo esta máxima vivía yo.
Schopenhauer y Nietchsze. No había más.
Me pasaba los días añorando las noches. El momento de dormir era mi favorito porque dejaba de ser yo. En realidad dejaba de ser persona, humano. Ya no era nada. Era tan sólo una ilusión y esa idea me hacia sentir bien.
No comulgaba con nadie. Todos eran carroña.
Solamente salía cuando llovía.
Me reconfortaba el invierno. Me sentía cómodo entre la niebla, allá arriba en la montaña. Solamente en la montaña respiraba hondo. El resto de los lugares eran, para mí, una atmósfera pútrida y viciada al estar bañada por el aliento de los hombres.
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Pero entonces apareció ella como por arte de magia, una especie de magia negra que lo cambió todo.
De repente el sol se presentaba como mi aliado y comencé a desconfiar de los lugares en sombra.
Yo quería que fuese de día. Quería vivir mis días con ella y que la noche pasase cuanto antes para poder verla de nuevo.
Me convertí, poco a poco, en una cometa a merced de sus suspiros.
Dejé de ser individuo, cedí mi voluntad, y lo peor de todo es que, al contrario que en sueños, yo era perfectamente consciente de ello. Pero me daba igual. Yo era feliz o eso creía.
Ya no estaba solo.
Poco a poco me sumí en los convencionalismos que antes repudiaba. Me medía por una escala de valores materialistas y frívolos en los que su opinión era máxima reguladora.
Me deshumanicé o, mejor dicho, me-completamente-humanicé.
Cedí ante todo ante todos y las metas de mis días pasaron a ser encontrar un regalo mejor y más valioso que el del día antrior, sonreír a desconocidos para ganarme su afecto y caer bien para ser invitado a las fiestas.
Me olvidé de las montañas.
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Y entonces se fue. Tal como vino se fue. De repente, como si nada.
Monté en cólera y una especie de fiebre extraña me invadió: ¿acaso otro le habría ofrecido regalos con los que yo no podía competir?.
Comencé a preguntar por ella a nuestros conocidos en común y a toda la gente con la que habíamos cenado o salido pero todos afirmaron no haberla visto jamás.
La describí con todo lujo de detalles pero nadie parecía recordar su rostro.
No tenía fotografías, ¡un veinteavo de segundo a cambio de toda la eternidad y no había encontrado el momento!. Daba igual, la dibujé y repartí su retrato. Lo hice público. Supliqué su regreso. Investigué su paradero pero nadie sabía decirme nada.
¿Acaso me la habré inventado? ¿Sería un fantasma de mi mente o una solución ficticia al problema real de mi soledad?
No sabía que pensar, es más, ya no recordaba cómo pensar.
Comencé entonces a añorar las montañas y el frío y volví poco a poco a ser yo, lo cual me hacía sentir más sucio ya que el individuo no puede recurrir a su identidad cuando mejor le convenga.
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A aquellas horas de la madrugada tomé un bastón y un abrigo y comencé a escalar sin mirar abajo. Seguía subiendo y subiendo hasta que noté cómo la cara se me congelaba.
Las lágrimas que se me derramaban se volvían sólidas permaneciendo en la cara para siempre, como fotografías de hielo.
¿Por qué lloraba? ¿Por ella?. Y la cumbre de la montaña me dijo: antes no tenías con Quién compartir. Ahora ya no te queda Qué ofrecer.

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