27 nov. 2012

LA HISTORIA DE BOCA DE HIERRO

Edgar era una criatura extraña, una atracción de circo. La naturaleza le había gastado una broma al nacer regalándole una boca tan fuerte como el hierro, por eso el tío ni se inmutaba cuando clavaba clavos con el paladar o masticaba botellas de vino. A veces incluso le poníamos una diana a unos ocho metros y escupía esos cristales triturados sin que uno solo se saliese de sus límites. Con el paso de los años fue perfeccionando esa técnica de tal manera que, además de no fallar a la diana, hacía los dibujos que le pidieses con los trozos de cristal masticados. En realidad esto no es del todo cierto ya que no hacía caso de nadie y se pasaba nuestras peticiones por el forro de los cojones. Nosotros siempre le pedíamos chicas desnudas o tetas y él siempre dibujaba palmeras o veleros de esos antiguos que se ven en los libros de piratas.
La fama de su boca de hierro fue adquiriendo tal prestigio que la gente pagaba lo que fuese por verlo y así es como entró en un espectáculo de variedades y su cara comenzó a ser de dominio público ocupando carteles y más carteles en cada ciudad. Pero aún así siguió sin ser feliz porque la felicidad es un fantasma invisible que persigue a ciertos hombres.
Recuerdo que una noche estaba cenando Edgar con el resto del grupo a mitad de camino del pueblo donde harían su siguiente show. Todos formaban un circulo en torno a una hoguera y charlaban relajadamente cuando tres perros salvajes les atacaron. Edgar, defendiendo el trozo de empanada de carne que se había ganado con  el sufrimiento de su boca, le pegó tal mordisco al primer animal que éste se partió por la mitad como un trozo de papel salpicándolo todo de visceras y tripas y trozos de pezuña que salieron despedidos. Todo el grupo terminó regado de sangre pero el resto de los perros salieron pitando por temor a terminar como el líder de la manada. Edgar no solo se comió su trozo de empanada sino que además saboreó la de otros tres compañeros a los que se le había quitado el hambre.
Muchos médicos, antropólogos y dentistas solicitaron examinar al hombre de la boca de hierro y cual sería su sorpresa cuando vieron que en la famosa boca había pequeñas caries y los dientes aún eran de leche. Incluso la voz de aquel hombrecito parecía callada y suave como el arroyo que transcurre por una aldea.
Llegó con los años a triturar rocas y matojos, a deshacer caparazones de tortuga de un solo chasquido e incluso, si la ciudad era grande y había el suficiente público, partir trozos del fuselaje de un viejo barco y siempre tras cada actuación sonreía Edgar y mostraba su boca inmune, como si nada hubiera pasado.
Ocurrió que una noche, después de una actuación, salió a dar un paseo y a beberse unas cervezas y acabó durmiendo con una mujer y esa mujer le besó y a la mañana siguiente despertó Edgar con la boca llena de yagas.

1 comentario:

palsanz dijo...

Todo muy Bulowskiano.

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