15 nov. 2012

DESDE ESCOCIA (III)

En un tramo de unos quince kilómetros hay seis olas de clase mundial, un peñarrubia y una playa de olas sin más, como las de casa. Para llegar a algunas de estas olas hay que atravesar granjas privadas con su pertinente cierre así que no está de más bajarse del coche y dar un poco de conversación. ¿Cómo hago ver a ese granjero el peso del motivo que me trajo hasta la mierda de sus propias vacas?. 

 - Verá señor, las olas que rompen frente a su casa no son como las que rompen cerca de la mía. Éstas caen siempre en el mismo sitio y tienen una forma redondeada muy buena. Como el culo de una buena hembra, usted ya me entiende (guiño). 

 El granjero debate y pregunta y no entiende nuestras razones así que acabamos desviando el tema hacia cuánto llueve aquí, el frío que hace, las pocas horas de luz, el mal estado de los caminos y, sobre todo al final, la amplitud de los coeficientes de mareas, que se mueven tan rápido que hace que esas olas estén ahí por poco tiempo, por eso le dejamos con un gesto confuso y la palabra en la boca. 

 Y él a lo suyo, a remover la paja mientras tararea. Las vacas rumiando y nosotros, tiritando, prometiendo escoger un lugar más cálido para la próxima. 

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