9 jul. 2012

MUERTE Y SED


Cuando reparé en que las verjas por las que iba trepando  eran las costillas de mi perro muerto me entraron tales arcadas que me dejé caer de espaldas y justo cuando iba a estrellarme contra el suelo: ZASSS, desperté y allí seguía tirado.
Sabía que la cosa no pintaba bien porque la herida estaba ya tan podre que ni me dolía, aún así reuní el valor suficiente como para mirarla y vi cómo cientos de larvas devoraban  mi pierna sin haberse percatado de que aún me quedaba algo de vida. Las aparté con rabia como si fuesen migas de pan después de comer un bocata y ni siquiera noté el contacto de mi mano sobre los tendones ennegrecidos que reposaban en la arena. Eché sobre algunas de ellas un escupitajo blanco y espumoso en señal de venganza y mantuve un rato la mirada sobre sus cuerpecillos viscosos retorciéndose por no morir. Eran como gotas de leche furiosas. Jodeos hijas de puta.
Junto a mí estaba mi compañero, boquiabierto y sin vida desde hacía tres días. Su boca era un agujero negro, profundo, ovalado. Seguro que si pudiese hurgar en ella notaría en mis dedos un tacto rugoso y tibio, como de moqueta,  y no hallaría rastro de olor alguno. No sé por qué le metí un puñado de tierra en la boca.
Me dediqué a jugar con su cadáver, a tratar de quemar la piel utilizando sus gafas como lupa solar, a mover sus labios mientras yo hablaba, a colocarle matojos por sombrero. El muy cabrón seguro que acabaría atrayendo coyotes. Lo tenía bien merecido.
Pero también me cansé de su carota grotesca y miré al horizonte. El horizonte se movía por acción del calor, se reía de mí en mi puta cara y me hacía cortes de manga. Tienes suerte que no pueda echar a correr pedazo de cabrón.  
Por mí el mundo puede terminarse esta misma noche, ya hay poco que ver y nada que amar. Arded! Pero seguro que se pone a llover en cuanto prenda la hoguera. Y así comencé a reír cada vez más alto y más profundo hasta que de la garganta empezó a salirme sangre negra y la cámara y las palabras se alejan de éste lugar de locos con cadáveres comiendo tierra, larvas buceando en saliva y un aspersor de locuras pues no está hecho el hombre para volar ni todas las historias para ser comprendidas.

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