21 may. 2012

¡JESÚS!

Al pobre Edgar nos lo cruzamos descalzo y tiritando. Tenía los pies y los ojos sin vida y sujetaba en su mano derecha una trucha recién pescada que le iba a servir de cena en cuanto sus ropas dejasen de chorrear.
Cuando nos acercamos para saludarle apenas alzó la cabeza y nos regó con mocos de un solo estornudo que retumbó como si toda África hubiese explotado por los aires.
 De repente me vi lejos de aquí, durmiendo acompañado y surfeando solo y jamás volví a sentir la necesidad de sumergir la cabeza en agua para que nadie me tome por loco cuando lance otro grito que haga pedazos mi garganta.
Al que iba conmigo le tocó la primitiva y se compró un buen carro. Le desapareció la tripa como por arte de magia y se pasa el año bronceado no se sabe cómo. Tiene tres novias con unas tetas enormes.
Cuando Edgar se sacaba los trozos de carne de entre sus caries con una espina del pez, un par de policías que hacían patrulla esa noche fueron a ver qué ocurría (la verdad que su aspecto era lamentable) y cuando llegaron, otro estornudo mágico les transportó a donde ellos soñaban.
El primer policía abrió los ojos ante una mesa con una tarta en medio de un prado con un árbol y un columpio. Allí estaban su mujer y su hija que, cansadas ya de estar muertas, se animaron a venir a la fiesta. Y los tres comieron y eructaron y terminaron discutiendo por el columpio.
El segundo poli estaba de repente bajo unos ocho tíos sudados que no paraban de gemir. Había serpentinas y confeti por todos lados y el suave rocío del césped le acariciaba la cara más suavemente que las manos de la mejor amante oriental. Debía de haber metido el gol que les dio la final.
Y como quien no quiere la cosa se corrió la voz de que los estornudos de Edgar transportaban a sus sueños a aquel que era regado por sus mocos y su saliva y entonces la gente empezó a llevarle hielo para poder soñar y Edgar siguió esperando alguien que le llevase una manta.

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