16 mar. 2012

DOS COBARDES

ELLA

Lleva un rato observando el mar y sus ojos continuan posados sobre él desde que se sentó. No sabe si es el que mejor surfea (no entiende mucho de esas cosas) pero sí que se mueve muy sutilmente, es como muy dulce sobre su tabla. Traza líneas suaves y acompasadas con un estilo bonito que la hipnotiza y por eso se queda allí mojando los pies en vez de volver a la toalla con sus amigas. Al verle de nuevo piensa cuánto le gustaría entrar y surfear a su lado un rato, que le dejase una de sus tablas y le diese cuatro consejillos para empezar a ponerse de pie. Luego le salpicaría un poco de agua a la cara y ella, en respuesta, como haciéndose la enfadada, intentaría hacerlo volcar para zambullirle en el mar, aunque sería él quien finalmente la tiraría de su tabla sin demasiado esfuerzo.
Tal vez luego consiguiera coger una ola, debe ser una sensación guapísima, y seguir en ella un ratillo. Ponerse de pie ya es demasiado pedir pero bueno, poco a poco.
Él desde atrás la vitorearía y eso le daría fuerzas para volver remando mientras sumerge su cabeza bajo las espumas tratando de ocultar una sonrisilla tonta de quinceañera.
Joder, ¡estaría tan bien!, y luego ir por ahí los dos a cenar algo sencillo, aunque fuese una hamburguesa, simplemente por terminar bien la tarde para luego ir a bailar un rato con un par de cervezas y muchas risas.
Cuando termina de pensar todo esto, él sale del agua y pasa junto a ella y ella le mira y entonces estalla una tormenta eléctrica entre los dos y todo se detiene y el mundo ya no gira y el resto de la playa se transforma en un escenario raro donde nada importa, pero rápidamente ella baja la vista y él sigue caminando y todo cuanto se imaginó, dentro de la celda de su cabecita se queda.



ÉL

No es del tipo de bares que más le gusta pero ha hecho una excepción y ha dejado que los otros elijan. Se queda un poco al margen bebiéndose su cerveza tranquilamente hasta que repara en ella. Está bailando con una amiga bajo unas luces de colores que dibujan con mimo cada curva de su cuerpo. Se distingue del resto por su belleza sencilla, natural. No se disfraza ni exagera movimientos para captar la atención, por eso él quiere apurar su último trago e ir a su lado. Quiere perder la noción del tiempo con ella, que las canciones transcurran sin ni siquiera darse cuenta y que de repente amanezca. Quiere agarrar sus caderas con fuerza y estrecharla contra él. Sus bailes serían la confrontación entre torpeza y sensualidad pero da igual porque llegados a ese punto todo desequilibrio se compensaría con un beso coloreado por mil luces y cierto sabor a licor.
Tal vez mañana le gustaría acompañarle a la playa, piensa, y tratar de coger un par de olas con alguna tabla que pueda prestarle. Sería divertido. Ojalá.
A él le sudan las manos porque la canción termina y ella se acerca a la barra. Sus miradas coinciden en una fracción de segundo que dura para siempre. El bello de los brazos se eriza y sus caras se refugian en un universo remoto y aislado del resto del bar. Dos gotas de sudor le recorren el cuello como picando a la puerta para recordarle que ha de volver a la vida pero no es que no quiera, simplemente no puede. Él está paralizado y siente miedo no sabe a qué, pero baja la vista y aparta la mirada y con ello rompe ese nexo íntimo que no era otra cosa que el primer escalón de un vórtice del que podría haber surgido una pasión de precipicio.
Mientras tanto ella bebe un trago y se va, dejando en aquel rincón de la barra al único tío que te podría responder cuántas colillas hay en el suelo tiradas.


Cada “querer” y no “hacer” es un latido que diluye tu sangre y tu vida hasta hacerlas transparentes. ¿Es quieres que eso ocurra?. ¿Acaso quieres ser cobarde como la moraleja de esta historia?

2 comentarios:

palsanz dijo...

Es mentira, surfear juntos no es buena idea.

Clara dijo...

Fantástico

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