13 feb. 2014

CDZ / IV


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La verdad que si te paras a pensarlo, la mente es la hostia.
La noche antes de dejar Cádiz debí de dormirme a eso de las 2 y a las 6 y cuarto me despierto tan fresco antes de que sonase el despertador. Es como si una especie de interruptor me dijese: venga cabrón, en pie, hoy no es día para vaguear así que arriba que hay que cruzarse España.
De no haber tenido que coger el coche, seguramente me hubiese costado incluso levantarme a las 10 pero la cabeza sabía que no era el caso y no le permitió al cuerpo apalancarse ni bostezar.

Viniendo por la autopista no paraba de pensar en la mala suerte que había tenido. El mar, salvo un baño, había estado toda la semana imposible y hasta el tiempo dio tanto asco que ni pude conocer sitios ni salir a fotear. 
Lo que iban a ser 17 días de calor y olas acabó siendo una semana casi huraña y maratoniana de "La que se avecina" y "Dos hombres y medio".
Pero del mismo modo que al despertar, el interruptor volvió a encenderse y me paré a pensar en lo bien que me había tratado toda la gente nueva que había conocido y lo aún mejor que lo habían hecho otros amigos a los que hacía tiempo que no veía.
Apenas surfeé pero sí mantuve charlas interminables de lo más freak e interesantes y paseé por Cádiz y ojeé algún libro y, sobre todo, me di cuenta de que las playas y las rocas no se van a mover y ahí van a continuar. Que lo realmente importante no es que te cuadren unas olas épicas sino que el viaje en sí, que son las personas y los lugares, te dejen el suficiente buen sabor de boca como para volver a pesar de la espalda que te ha dado el mar.

Podría haberme hecho tubos. Hubiera sido la hostia.
Pero el hecho de no habermelos hecho y querer repetir, eso sí que es la re-hostia.
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Esto ha sido Cádiz en color.
Si te apetece verlo en blanco y negro...


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