24 jun. 2013

EL ESPEJO


TRAS EL ESPEJO

Tu mierda ensucia igual que la mía, por eso también tienes una escobilla en el váter. Dicho ésto, que no sé muy bien qué quiere decir, me veo en la obligación de reconocer que no hay dos briznas de hierba iguales. A la distancia todas clones de un verde plano controlcécontroluveado. Luego, de cerca, cada una tiene sus propias huellas dactilares cortesía del reino vegetal. Y es que Dios hace las cosas con mimo (menos a los hombres, claro está). No, no me mires así. Un buen jardinero podría corroborarlo. En fin, veo que me tomas por loco así que... Dime, ¿qué tal te va la vida?. No, en serio, ¿qué tal te va la vida?



EN EL ESPEJO

En tus ojos ya no hay luz y hay una multitud de olas por romper en tu frente. Viejo y cansado. Hecho un lío. Reumático cabrón. Quejica patológico. Ilógico. Y vaya lo que dabas porque sea como fue. ¿Eh?
Con dolor los días de sol son aún peor y el cielo azul es la más ruidosa de las tormentas. Unos por ahí, paseando. Otros por aquí, tiritando.
Los muebles de la habitación son como de un marrón cenizo. Las fotos vueltas a la pared. Golondrinas desternillándose y el cursor parpadeando, a la espera de un corrimiento de tierras o de un poquitinito de luz.
Comer por comer. Cagar por hacer un poco de tiempo. Responder preguntas sin pensar, automáticamente (no humanamente)
- Qué tal?
- Bien, y tu?
- Bien
- Aham, bueno, venga va
- Venga, ok, va.



FRENTE AL ESPEJO

Iba yo caminando y pisé mierda y noté como la mús gastrointestinal de ese puto caniche se me colaba entre los dedos de los pies, suavecita, tibia y digeridamente chocolateada. Resulta que, no habiendo agua, puse la planta de mi pie al sol para esperar a que se secase y cuando ya la plastilina o el pastel (metáforas, ambas dos, muy bien traídas de la caca, en este caso) se volvió corteza, fui quitándomela (rascándola mejor dicho) con la uña de mi dedo meñique (que también es la uña de los mocos y de la cera) y ¿sabes que conseguí? Que las manos también me olieran a mierda. Amén de una pequeña nevada marrón sobre un montón de briznas de hierba estáticas y diferentes. Calladas. Sin luz y sin porvenir. Tontamente movidas por un inhumano vals con el viento. A merced, todas ellas, del turno de tardes de un jardinero.

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