16 mar. 2011

EDGAR

Otro comienzo de puta mierda. Desesperanzador y con poca chicha.
Edgar arranca la hoja con furia, la arruga y la lanza a distancia a la papelera. Falla la canasta.
Edgar va a la cocina y se sirve un vaso de zumo de naranja. Le da un sorbo y lo deja sobre la mesa mientras mira a través de la ventana una lluvia casi horizontal. Como diría mi madre el zumo pierde la vitamina. Se oxida, se pone vidrioso y cría en la superficie una telilla de textura incómoda.
Edgar sale a la calle sin pensar, en manga corta y camina sin más. Ve en la esquina a Micky el gorila, para ser un miércoles a estas horas tiene bastante clientela. Edgar se acerca, le pica al hombro y le lanza a la cara un escupitajo viscoso y bien repleto de micro burbujillas salivales. El público, atónito, se calla y espera la reacción de Micky el gorila. Micky se limpia la mejilla con el reverso de su chaqueta de 85$ y lanza en picado un puñetazo desde sus dos metros quince directamente sobre la mandíbula inferior de Edgar. Edgar cae hacia atrás mientras se olvida de todo. Una mirada perdida se escapa de sus ojos hacia ningún lugar. Su pulso se desconecta y Edgar se convierte en un zumo de naranja olvidado sobre una mesa. Poco importa que la lluvia siga cayendo otra media hora más sobre él porque las gotas ya no tienen un solo rincón que empapar por más que se afanen.
A los dos meses Edgar se despierta y bosteza. La boca le huele mal y está cubierto de tubos semitransparentes y esparadrapo. Viste una bata y no lleva calzoncillos. Se levanta con la tensión aún baja y se marea, está a punto de caerse pero resiste porque las ganas de escribir lo que ha soñado le pueden. En recepción de segunda planta encuentra lo que busca y allí mismo da testimonio de lo que sueñan los muertos. Edgar firma en la parte inferior de la hoja, la arruga y la lanza a la papelera. Falla la canasta y vuelve tambaleándose a la doscientos cinco. Se tumba, respira hondo, entrelaza sobre el pecho los dedos de sus manos y aprovecha para morirse por segunda vez, más tranquilo después de terminar la mejor historia que jamás haya escrito.
Esa mueca de triunfo o satisfacción o yo que cojones se hace que el cadáver de Edgar sea el favorito del crematorio. ¡Pero que divertido el muy cabrón!

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